La Esperanza salía a la calle para rememorar su XXV aniversario de Coronación Canónica, y eso se palpó desde primeras horas de la mañana. El mutilado barrio del Perchel lucía engalanado, al igual que las calles del Centro Histórico por las que pasaría horas más tarde la Señora.
Detalles, fachadas engalanadas, banderas, cohetes y pólvora que anunciaban que una Reina entraría en la plaza de la Constitución años más tarde...pero me centraré un poco más en lo que nos une y mantiene encendida la llama de nuestra fe, los nervios, el cosquilleo, la responsabilidad, todo lo que siente un hombre de trono momentos antes de fajarse y remangarse la túnica para trabajar bajo unos varales que son el mismo cielo.
La alegría era inmensa, se podía reflejada en nuestras caras, saludos y abrazos eran constantes entre nosotros y la tensión de la responsabilidad más los nervios seguían presentes. Para algunos era la primera vez que llevarían a la Esperanza, sin embargo otros ya llevamos algunos Jueves Santos a las espaldas. Una vez que se abrieron las puertas del salón de tronos ya todo fue una ola inmensa de alegría, fervor y fe. Algunos encallados ya en los varales, otros, esperando nuestro turno, pero a la vez disfrutando de los rayos de sol en la Cara de la Esperanza. Cada balcón, cada calle, cada pétalo, y cada piropo fue motivo de emoción y mientras nosotros a lo nuestro, que en ese momento, no es otra cosa que apretar dientes y riñones para que la Señora paseara por Málaga como Reina porque así lo quiso su pueblo.
El trono andaba majestuoso por donde pasaba dejando olores de azucenas, pero quizás, el paso por las calles de Especerias, Cisneros y Strachan fueron apoteósicas a los sones de marchas como Pasan los Campanilleros, Alma de la Trinidad ó La Esperanza de Triana. Después el segundo turno, la Virgen regresaba a su Basílica con el mismo mar de gentes llenas de devoción, la luna llena no dejó de iluminar la noche de Carretería donde seguían cayendo pétalos y sonando cantes y vivas a la Madre de la Esperanza.
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